lunes, julio 22

25 años de la Estación Espacial Internacional: cumplida ya su vida útil, no hay un plan para retirarla | Ciencia

La Estación Espacial Internacional cumple hoy lunes 25 años, en medio de algunas preocupaciones de seguridad sobre su funcionamiento actual y con muchas dudas sobre su futuro, que la NASA no vislumbra más allá de 2030. Un cuarto de siglo de cooperación internacional en el espacio en este proyecto, liderado por dos superpotencias como EE UU y Rusia que rivalizan en la Tierra, es un éxito inédito en la historia de la humanidad; pero esas bodas de plata se están viendo ensombrecidas por recientes averías, como las recurrentes fugas de gases tóxicos en los radiadores de uno de los módulos rusos.

El pasado 9 de octubre se detectaron copos de amoníaco helado, que se usa como refrigerante, emanando de un radiador exterior del módulo Nauka. La NASA aseguró a las pocas horas, en un comunicado, que pese a esa emanación muy tóxica “la tripulación de la estación nunca estuvo en peligro” y, dos semanas después, los rusos Oleg Kononenko y Nikolai Chub lograron aislar la fuga durante un paseo espacial. Además de estos dos cosmonautas, viven ahora en la ISS (siglas en inglés de la Estación Espacial Internacional) dos mujeres estadounidenses, un japonés, otro ruso y, al frente de la tripulación, el comandante danés Andreas Mogensen. Un total de 7 astronautas, que componen la denominada Expedición 70.

El radiador con esa reciente fuga de amoníaco había sido transferido el pasado mes de abril desde otro módulo de la estación, y el problema se suma a dos incidentes similares en los últimos meses, que la agencia espacial rusa Roscosmos achacó a impactos de micrometeoritos. Uno de ellos afectó en diciembre de 2022 a una nave Soyuz destinada a llevar de vuelta a tres cosmonautas, que tuvieron que permanecer otros seis meses más en la ISS. Normalmente, cada tripulante pasa en la estación seis meses.

Esos radiadores son la última fuente de preocupación, tras varias fugas de aire en 2020 y un fallo de software en el módulo Nauka, que provocó un cambio de inclinación de toda la estación espacial al acoplarse a ella en julio de 2021. Nauka es la última sección añadida a la ISS, cuya construcción comenzó el 20 de noviembre de 1998, cuando el primer módulo, el ruso Zarya, fue colocado en órbita. Dos semanas después se le acopló el módulo estadounidense Unity y el 2 de noviembre de 2000 llegó la tripulación de la Expedición 1. Así comenzó una presencia humana ininterrumpida en la estación, que continúa 23 años después.

El proyecto sigue en marcha a pesar de la invasión rusa de Ucrania iniciada en febrero 2022. De hecho, es una de las pocas líneas de colaboración ruso-estadounidense que continúan abiertas desde entonces. Las sanciones internacionales a Rusia, derivadas de ese conflicto, son un motivo de tensión añadida con EE UU y el resto de socios de la ISS —la Agencia Espacial Europea (ESA) y las de Japón y Canadá—, que hace difícil planificar el futuro del proyecto.

Sin embargo, ya un año antes de comenzar la guerra de Ucrania, Rusia había apuntado que su intención era retirarse de la ISS a partir de 2025 debido a que su período de operación ya había expirado y su estado dejaba mucho que desear. Concebida inicialmente para estar operativa durante 15 años, finalmente duplicará esa vida útil si se cumplen los planes de la NASA, que se ha asegurado tener financiación para mantenerla en funcionamiento hasta 2030.

El reto de desorbitar la estación

La ISS continuaría así, hasta el final de esta década, siendo un enorme laboratorio internacional en órbita, como destacó en diciembre de 2021 el administrador de la NASA, Bill Nelson, al anunciar la extension del proyecto: “La Estación Espacial Internacional es un faro de colaboración científica pacífica; y durante más de 20 años, ha retornado una enorme cantidad de desarrollos científicos, tecnológicos y educativos en beneficio de la humanidad”. Además, Rusia no ha llegado a comunicar formalmente a sus socios que deja el proyecto; más bien, al contrario, ha apuntado que podría seguir hasta 2028 si prospera el programa de vuelos compartidos, para que cosmonautas rusos puedan volar a la ISS en naves estadounidenses (y los astronautas de EE UU, en cohetes rusos).

El final de la ISS será un reto inédito, igual que su construcción, que lo ha convertido en la cosa más cara jamás creada por la humanidad. Debido a su tamaño, con una longitud de más de 100 metros y un peso de 94 toneladas, está totalmente descartado dejarla caer sin control, como se hace con los satélites y con otras estaciones espaciales menores (por ejemplo, la Skylab de EE UU en 1978). Los planes actuales de la NASA pasan por operación similar a la de la reentrada de la estación rusa Mir en 2001. Igual que en esa ocasión, la ISS acabará sumergida en el océano Pacífico, pero con la dificultad añadida de que es cuatro veces mayor. Para descender con seguridad la Estación Espacial Internacional habrá que construir una nave específica, cuyo coste total está estimado en 1.000 millones de dólares a lo largo de esta década. De momento, la NASA solo ha comenzado a tantear a la industria aeroespacial de EE UU en busca de propuestas para abordar este colosal proyecto.

Aún menos claro está el plan para la transición hacia las estaciones espaciales privadas, en la que están trabajando EE UU y Europa. De hecho, un comité de seguridad de la NASA acaba de expresar su preocupación sobre los tiempos y la sostenibilidad financiera de los proyectos privados, que están destinados a producir y operar las varias estaciones que serán necesarias para sustituir a la ISS. “Esta transición requiere un marco de trabajo de alto nivel y un cronograma muy apretado. Preocupa la ausencia de un plan de negocio claro y robusto para las estaciones comerciales, lo que compromete la viabilidad y la seguridad de todo el plan de la NASA para la órbita terrestre baja”, afirmó David West, miembro del comité de la NASA reunido el pasado 26 de octubre.

Las herederas: estaciones privadas

La agencia espacial estadounidense está financiando el diseño de varios proyectos de estaciones privadas, para poder seguir manteniendo de manera ininterrumpida a sus astronautas en órbita. Uno de ellos es Orbital Reef, una iniciativa conjunta de Blue Origin (la empresa espacial de Jeff Bezos, presidente de Amazon) y Sierra Space, que prometen tener su estación operativa en 2027; sin embargo, ambas compañías han mostrado desacuerdos públicos, están dando prioridad a otros proyectos espaciales y ni siquiera tienen un equipo contratado para este. Orbital Reef (arrecife orbital, en inglés) sería un centro de negocios espacial. Rivaliza con ese proyecto la Starlab, un centro de investigación orbital que está planeado para empezar a operar en 2028, y al que se acaba de sumar la Agencia Espacial Europea (ESA).

Ambos proyectos pretenden explotar la oportunidad de negocio que supone tener fábricas y laboratorios de investigación en gravedad cero. También es el caso de Axiom, otra compañía que tiene una colaboración aún más estrecha con la NASA. Ha creado el traje espacial para los astronautas de las próximas misiones Artemis a la Luna; y además, en 2022, Axiom ya llevó a la Estación Espacial Internacional la primera misión de astronautas privados, que permanecieron allí dos semanas de turismo espacial. Axiom tiene previsto añadir cuatro módulos a la ISS, a partir de 2026. Más adelante, esos módulos se desacoplarán de la estación antes de que sea enviada a hundirse en el océano Pacífico y comenzarán a operar como una estación espacial independiente.

Según este proyecto, la Estación Espacial Internacional tendría una hija justo antes de morir. Pero a la ISS aún puede quedarle una vida extra. En un simposio celebrado al pasado 2 de noviembre, Ken Bowersox, administrador asociado de la NASA para operaciones espaciales, dejó caer que “no es obligatorio retira la estación espacial en 2030. Nuestra intención es cambiar a las nuevas estaciones comerciales cuando estén disponibles”. Es un indicio más de que la NASA no ve suficientemente avanzados los proyectos para relevar la ISS.

De hecho, la NASA también contempla la posibilidad de que su vehículo para desorbitarla no esté listo hasta 2035. Mientras acaban de concretarse los planes de la agencia espacial estadounidense para desorbitar la ISS, surgen otras propuestas. Al final de la intervención de Bowersox, un experto en política espacial le sugirió la idea contraria: elevar a una órbita estable la Estación Espacial Internacional cuando acabe su vida útil, para que quede como un monumento a la cooperación espacial, visible desde la Tierra como una débil estrella artificial.

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