Concierto de Año Nuevo 2024: el problemático pimpón de Christian Thielemann | Cultura

En diciembre de 1998, el Tagesspiegel publicó una interesante comparación entre Christian Thielemann y Daniel Barenboim. Si el alemán (Berlín, 64 años) dirigía “con la extraña concentración e infinita paciencia del niño que desmonta su muñeco”, el argentino (Buenos Aires, 81 años) “dejaba que sonase una declaración, una emoción, en lugar de notas sueltas”. Con la afición de Thielemann por añadir pausas retóricas, “uno desarrolla la sensación de que siempre se toma más tiempo del que requiere la música que dirige”, pero con Barenboim “sucede todo lo contrario”.

Por entonces, ambos competían dirigiendo El anillo del nibelungo, de Wagner, al frente de los dos principales teatros de ópera de la capital alemana. De hecho, una de las noticias de música clásica más relevantes de este 2024 será la sucesión de Barenboim por Thielemann, en septiembre, al frente de la Staatsoper de Berlín. Pero esa confrontación que relata el periódico berlinés mantiene toda su vigencia en relación a la familia Strauss y sus coetáneos. Lo hemos comprobado en la presente edición del Concierto de Año Nuevo de la Filarmónica de Viena.

Thielemann culminó el programa oficial de su segunda participación en el Concierto de Año Nuevo dirigiendo el vals Delirios. Una interpretación tan brillante de la partitura de Josef Strauss como escasa de fantasía. Por el contrario, Barenboim concluyó el programa de su última participación en esta popular cita, en 2022, exprimiendo la emoción de Sonidos de las esferas, otro vals del segundo de los Strauss. Y la comparación resultó todavía más evidente en la obertura de la opereta Asperilla, de Johann hijo, que abrió la segunda parte. Barenboim la dirigió, en 2014, con una exquisita visión de conjunto y Thielemann optó este año por una lectura tan compartimentada que el público aplaudió cuando todavía no había concluido.

Esa retórica personal de Thielemann con los Strauss vieneses no le funcionó en su debut, en 2019, y sigue sin funcionarle cinco años después. El director berlinés destaca más en las marchas y en algunas polcas, aunque apenas acertó con los valses. Lo comprobamos al inicio con la Marcha del archiduque Albrecht, de Karl Komzák hijo, la primera de las nueve novedades de esta 84ª edición del Concierto de Año Nuevo. Fue lo mejor de la primera parte junto a la polca rápida Sin frenos, de Eduard Strauss, que escuchamos al final. Pero las dos composiciones relacionadas con París, de Johann Strauss hijo, no terminaron de funcionar.

Un momento del Concierto de Año Nuevo de la Filarmónica de Viena, este lunes.
Un momento del Concierto de Año Nuevo de la Filarmónica de Viena, este lunes.DIETER NAGL (Filarmónica de Viena /EFE)

El berlinés ha desarrollado su propia teoría para dirigir el Concierto de Año Nuevo. Lo compara con el tenis de mesa, según explicó en la rueda de prensa de presentación, el pasado 28 de diciembre. Un partido de pimpón donde intercambia el liderazgo de las fluctuaciones del tempo con el concertino de la orquesta, el violinista Rainer Honeck. En Bombones vieneses, el concertino lideró el característico schlepp, la forma autóctona vienesa de tocar el vals, adelantando levemente el segundo tiempo y retrasando el tercero. Pero Thielemann trató de intervenir demasiado en cada una de las cinco secciones del vals y la obra perdió fluidez. Y lo mismo sucedió en la Polca de Le Figaro, con una extraña cesura en la recapitulación que siguió al trío.

Su partido de pimpón con la orquesta vienesa resultó algo mejor en el bello vals Para todo el mundo, de Josef Hellmesberger hijo, que también fue novedad. E incluso destacó por su fluidez, en el póstumo Vals de Ischl, de Johann Strauss hijo, que se acompañó por una escena de ballet ambientada en la Kaiservilla de esa localidad balneario evocando a la emperatriz Sissi. Pero Thielemann volvió a llenar de manierismos tanto la Polca del ruiseñor, de Johann hijo, como La alta fuente, de su hermano Eduard. Todo mejoró en las dos piezas siguientes con gran presencia de la cuerda pellizcada: la Nueva Polca Pizzicato (de la opereta Princesa Ninetta), de Johann hijo, y la Polca-Estudiantina del ballet La perla de Iberia, del referido Hellmesberger.

La segunda escena de ballet nos trasladó al castillo de Rosenburg, ahora con cinco parejas del Ballet de la Ópera Estatal de Viena. Una elegante coreografía de Davide Bombana aderezada con el vestuario viennese chic, de Susanne Bisovsky, inspirado en los cuentos de hadas checos de los años setenta. Lo mejor de la segunda parte fue el homenaje a Anton Bruckner, pues Thielemann encontró en el arreglo orquestal de su Cuadrilla WAB 121 el germen del inconfundible sonido de sus primeras sinfonías. Pero el documental de Felix Breisach sobre el bicentenario de ese compositor austriaco, que ocupó la pausa, resultó menos atractivo que otros anteriores. Y la última novedad, el galope ¡Feliz Año Nuevo! , del “Strauss danés” Hans Christian Lumbye, fue una exhibición de virtuosismo.

La realización televisiva de Michael Beyer mantuvo su precisión habitual con los detalles musicales. Subrayó la presencia femenina de la orquesta, con muchos primeros planos de la arpista Anneleen Lenaerts o de la flautista Karin Bonelli, pero también mostró detalles admirables de la sala dorada del Musikverein y destacó con primeros planos varias personalidades, como la exvicepresidenta española Nadia Calviño.

Thielemann elevó el nivel con las tres propinas, que empezó con una excelente versión de la Polca del yóquey, de Josef Strauss. No renunció a aportar su personalidad a la tradicional felicitación del año nuevo. Y prosiguió con su mejor interpretación de un vals: el famoso Junto al bello Danubio azul, de Johann hijo. Para terminar, otorgó todo el protagonismo a la orquesta y el público en la palmeada Marcha Radetzky, de Johann padre. En 2025 regresará Riccardo Muti para dirigir su séptimo Concierto de Año Nuevo, coincidiendo con el bicentenario de Johann Strauss hijo.

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