viernes, mayo 24

Crítica | Taylor Swift reparte amor, odio y humor en un nuevo disco necesario (sobre todo, para ella) | Cultura

Decía Charlie Brooker, el periodista y escritor inglés creador de la serie Black Mirror, que un buen columnista es aquel con el que quieres ir a tomarte una cerveza después de leerle. Hay un momento en el disco número 11 de Taylor Swift en el que esa frase se puede aplicar a la estrella del pop más grande que ha existido jamás. Y es justo en ese momento, corte 10, Who’s Afraid of Little Old Me?, cuando ya casi has perdido la esperanza en que The Tortured Poets Department (TTPD) logre sacar la cabeza de ese agujero poco ventilado y decorado con muebles de casas anteriores en el que ha insistido en meterse durante, al menos, la mitad del metraje recorrido, que todo cobra sentido. Taylor Swift de golpe muta en una mezcla entre Kate Bush y Larry David y despacha frase brillante tras frase brillante, un torrente abrumador de one liners cargados de sarcasmo que apuntan a todo lo que se mueve y a lo que no, a los que la odian y a los que la aman, incluso alguna bala perdida parece impactar en la cabeza de los que intentan la fútil tarea de ignorarla. Y ahí es cuando descubres que una de las cosas que hacen realmente especial a esta estrella del pop es que debe de ser una compañera de cervezas maravillosa. A sus 33 años, la autora de Folklore atesora un estatus de celebridad y una corte de seguidores entregados a la noble tarea de analizar cual kremlinólogo todos sus gestos y todas sus palabras solo logrado previamente por un tipo que nació en Palestina hace 2024 años. Y ese pobre no logró disfrutar en vida de lo logrado, aunque siglos más tarde se construyeran catedrales en su nombre casi del mismo tamaño que tienen hoy los hilos en X sobre Taylor Swift.

Antes de la llegada de Who’s Afraid of Little Old me?, que parafraseando al propio tema, “irrumpe en la fiesta como un disco rayado”, TTPD se estaba manifestando como el primer disco redundante de Taylor Swift. Agradable en su capacidad de ser reconocible, pero flirteando demasiadas veces con ciertas ideas que no queremos tener cerca de nuestra mente ni en pintura: que todos los romances al final va a resultar que son iguales, que todos los corazones se rompen por el mismo sitio, que todo lo que toca Jack Antonoff (productor y coautor de casi todos los temas) suena igual. Hasta ahora, los álbumes de la de Pensilvania, con sus altos y sus bajos, eran una mezcla perfecta de necesidad y capacidad. Y ambas cosas se gestionaban con el equilibrio necesario para que algo pase de ser bueno a ser importante. Aquí, la necesidad de escribir, escribir y escribir, como una suerte de Victor Hugo en la era del poptimismo, que la propia Taylor le comentó a un fan en Melbourne cuando le inquirió sobre este disco se impone. Hay momentos en que devora las propias capacidades —que son muchas, pero no infinitas; eso, miren por dónde, sí lo tenía el tipo aquel de Palestina—, resultando en temas como My Boy Only Breaks his Favorite Toys o Down Bad, que con un par de retoques igual entraban como bonus track de la Taylor’s Version de 1989 o en otra edición en vinilo limitada y con 30 portadas de colores distintos (todo el pantone) de Midnights.

Taylor finalmente atrapada en su propia trampa, la emperatriz va desnuda y esta vez no ha sido una I.A., se oye gritar a los que están a los pies de este rascacielos sosteniendo una lona con la cara de Beyoncé, los Beatles y Kanye West que van a recoger justo cuando la autora de Red caiga desde la cornisa. Pues que esperen, porque Taylor ha escrito un tema llamado Florida!!!, en el que colabora Florence Welch, y en el que, como en Who’s Afraid of Little Old me?, ofrece unos toques de excentricidad que le sientan estupendamente bien. Podrá explotarlos sin ambages el día en que haya otra estrella más grande y más normativa que ella, algo hoy tan impensable como inevitable.

Florida!!! explota con ocho golpes de batería en el estribillo para despertar a la bestia, que dormitaba sumida en la belleza algo complaciente de Fortnight, tema junto a Post Malone que es el primer sencillo del disco, y que suena a Cigarettes After Sex y a Chromatics. Es mejor de lo que quiere parecer. Un poco al revés de lo que pasa en el corte que da título al álbum, cuya letra traslada el espíritu de White Horse de Fearless (2008) a la Nueva York del Chelsea Hotel, de Dylan Thomas y de Patti Smith. Pero las frases de Taylor suenan a plástico, a Chelsea Hotel convertido en hotel de lujo con spa y a poema de Dylan Thomas hecho camiseta de H&M. Swift empieza aquí cuestionando al romanticismo de lo maldito y termina elaborando una oda al liberalismo y la gentrificación. Eso sí, la melodía es bonita. Y el tema nos deja claro que el tipo del que más vamos a oír a lo largo del disco es Matt Healy, el líder de la banda británica The 1975, con quien Swift tuvo un romance que sus fans no aprobaron —el hombre se debió sentir como Ben Stiller en Los padres de ella, pero en vez de censurado por Robert de Niro, castigado por millones de personas con cuenta en TikTok y todas las versiones de TTPD compradas en preventa— y cuya figura sobrevuela una buena cantidad de canciones de este álbum. No vamos a entrar en cuestiones como si es bueno o no que el novio de Taylor fume, pero lo cierto es que Healy es el ex con el que mejor ha trabajado su vena humorística y autolesiva la estadounidense. Hay personas que son fines y otras que son medios.

En la segunda parte de la primera parte de este larguísimo álbum (31 temas), Taylor sigue igual de errática que en la primera. I Can Fix Him (No Really I Can) es muy Evermore, y eso siempre es bueno. Guilty As Sin es muy Midnights, y eso a veces (esta es una de ellas) es bueno. I Can Do It With a Broken Heart es el crossover entre Taylor Swift y Bananarama que nadie esperaba y nadie pidió, pero que debería la de Pensilvania practicar más, sobre todo, viendo cómo tras este tema al disco le da una lipotimia, de la que se recupera un poco en el segundo disco, editado por sorpresa y que es más Folklore que otra cosa (siendo la otra cosa Lana Del Rey), algo que es muy bueno cuando es bueno (How Did It End?, The Prophecy, The Manuscript) y muy aburrido cuando no.

TTPD contiene también The Alchemy, la primera canción dedicada a Travis Kelce. Plagada de metáforas deportivas, suena a tu cuñado hablando de su nueva novia mientras ve una eliminatoria de Champions. Para la salud de todos, esperamos que sean irónicas y que, al menos, Taylor se esté riendo. Porque nos gusta que Taylor ría —en este disco se confirma que eso ahora mismo se le da mucho mejor que lo otro—, pues es entonces cuando nos apetece irnos a tomar una cerveza con ella. Y no hay mejor estrella del pop global que aquella con la que quieres ir a tomarte unas cañas.

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