La llamada a la acción climática del papa Francisco | Clima y Medio Ambiente

El papa Francisco en una audiencia reciente en el Vaticano, el pasado 29 de noviembre.
El papa Francisco en una audiencia reciente en el Vaticano, el pasado 29 de noviembre.REMO CASILLI (REUTERS)

Hay algo verdaderamente inquietante en el hecho de que nos siga sorprendiendo la llamada a la acción climática del papa Francisco, que este sábado volvió a pedir más ímpetu a los países reunidos en la cumbre del clima de Dubái para acelerar la transición ecológica. Lo que debería causarnos estupor no son sus palabras, sino la ausencia durante décadas de un discurso como el suyo por parte de los jerarcas de una institución que dice perseguir el bien común de la humanidad. Lo que plantea Bergoglio no es ninguna novedad para quienes se interesan por la crisis climática desde hace años, pero sí representa una revolución por venir de donde viene. En este caso, el emisor es casi tan importante como el mensaje en el acto comunicativo

La encíclica Laudato si, publicada en 2015, contribuyó de forma decisiva a la consolidación de una hegemonía climática cimentada en el Acuerdo de París del mismo año. Cabe recordar que la de Bergoglio no fue la única llamada religiosa a la conciencia y acción climática, aunque una mirada occidental y eurocéntrica condicione nuestra memoria. Ese mismo año hubo declaraciones por parte de líderes espirituales del hinduismo, del budismo, del Islam y del judaísmo, además de distintas comunidades indígenas. Si bien es cierto que ninguna de ellas tenía la extensión y profundidad de la encíclica del papa Francisco, sí debemos enmarcar ésta en un movimiento global en el que las religiones se posicionaron del lado de la ciencia, y entendieron que tenían también una parte de responsabilidad en impulsar una transformación colectiva.

Sin embargo, el papa Francisco ha encontrado mayor complicidad en otros líderes espirituales que entre sus propios correligionarios. Más allá de algunas iniciativas o congregaciones especialmente concienciadas —por motivos geográficos o personales—, poco de aquellas palabras ha permeado en el resto de la Iglesia Católica. Una Iglesia anclada en postulados anacrónicos en casi todo lo que concierne a algún conocimiento o certeza científica, que pide —de forma velada o impúdicamente explícita— el voto para los mismos negacionistas y retardistas que el Papa condena con sus palabras. ¿En qué se han traducido las palabras de Bergoglio para los cristianos de España? Me atrevería a decir que en un hecho noticioso puntual, que quedó circunscrito a 2015. Y que, en algunos casos, refuerza también la atroz e interesada percepción de Francisco como un líder de una “malvada agenda globalista”, conspiración que la extrema derecha ondea incluso desde la presidencia de parlamentos y consejerías autonómicas.

Es por ello que no podría ser más bienvenida la nueva exhortación apostólica del Papa del pasado octubre, Laudato Deum. Esta llegaba en un momento crucial, a las puertas de la cumbre del clima (COP28) de Dubái, una conferencia en un país petrolero muy difícil de partida. La urgencia cada vez más apremiante para actuar contra la crisis climática iba a motivar también otro gesto muy simbólico en esta cita: se esperaba que por primera vez acudiera un Papa en persona a una cumbre del clima. Finalmente, no pudo ser por problemas de salud de Francisco, pero este sábado el número dos del Vaticano, el cardenal Pietro Parolin, leyó una carta en su nombre en la conferencia de Emiratos Árabes en la que pedía el fin de los combustibles fósiles y un cambio en el estilo de vida derrochador.

Resulta reiterativo decir que no nos podemos permitir otra COP que acabe en fracaso estrepitoso, y necesitamos con urgencia horizontes de esperanza más allá del Acuerdo de París. Tras 2015, y todavía con la sensación de haber firmado un gran pacto global, empezó a cuajar un descontento que en 2018 eclosionaría en la panoplia de protestas, movimientos estudiantiles, rebeliones científicas y la carismática figura —que se agiganta con el tiempo— de Greta Thunberg. Sólo una emergencia que fue tratada como tal, la sanitaria, fue capaz de frenar en seco una inercia social que amenazaba con empezar a provocar cambios de calado.

Las palabras del Papa en Laudato Deum, de hecho, podrían asimilarse e incluso confundirse con muchas de las que integran los discursos de la activista sueca, de científicos militantes o de las principales ONG ecologistas. Causa admiración su voluntad y habilidad pedagógica; explica claramente la diferencia entre tiempo y clima, ilustra los escenarios del IPCC (Grupo Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático) y expresa su preocupación ante el traspaso de umbrales biofísicos y el aumento de frecuencia e intensidad de los fenómenos extremos. Hay más ciencia climática en esta exhortación del Papa que en todo un día de programación de muchos canales de televisión durante estos días de la COP28. Canales que siguen contando con negacionistas cada vez que tratan algún asunto relacionado con la crisis climática, mientras que el Papa desacredita con contundencia estas posturas, remarcando el origen humano del calentamiento y la falta de evidencia empírica de cualquiera que se atreva a negarlo.

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Es incluso más chocante y meritorio lo bien que plantea la (falsa) disyuntiva entre acciones colectivas e individuales, atribuyendo a las decisiones personales un papel clave en la transformación colectiva, más allá del impacto positivo en gramos de dióxido de carbono que puedan tener. Yo, que llevo años repitiendo que toda acción individual suma, pero sólo la colectiva transforma, me veo reflejado en las palabras de Bergoglio cuando afirma que “Invito a cada uno a acompañar este camino de reconciliación con el mundo que nos alberga, y a embellecerlo con el propio aporte, porque ese empeño propio tiene que ver con la dignidad personal y con los grandes valores. Sin embargo, no puedo negar que es necesario ser sinceros y reconocer que las soluciones más efectivas no vendrán sólo de esfuerzos individuales sino ante todo de las grandes decisiones en la política nacional e internacional”, para añadir que “no hay cambios duraderos sin cambios culturales, sin una maduración en la forma de vida y en las convicciones de las sociedades, y no hay cambios culturales sin cambios en las personas”. Es una síntesis intachable de un dilema que se le plantea a cualquier persona involucrada, de una forma o de otra, en la lucha frente al cambio climático, y muy especialmente a quienes dedican su día a día a la educación ambiental y a la divulgación científica.

Bergoglio aborda también el tecnooptimismo, uno de los grandes obstáculos para actuar en el presente. ¿Para qué hacer nada, si estamos convencidos de que en el futuro alguna innovación técnica nos salvará? En palabras del Papa, “Suponer que cualquier problema futuro podrá ser resuelto con nuevas intervenciones técnicas es un pragmatismo homicida, como patear hacia adelante una bola de nieve”. Una forma elegantísima y muy visual de despachar un muro de pensamiento mágico que nos impide avanzar.

Por último, ¿cuál es nuestro papel en el mundo? Es posible que sea ésta, y no otra, la cuestión fundamental que hila el discurso del Papa y también cualquier activismo, no sólo el climático. A la religión católica se le suele achacar —con razón— que lleva en su ADN la dominación de la naturaleza. En el versículo 26 del primer libro del Génesis se puede leer: “Hagamos al hombre a nuestra imagen, según nuestra semejanza; y que le estén sometidos los peces del mar y las aves del cielo, el ganado, las fieras de la tierra, y todos los animales que se arrastran por el suelo”. Pese a que el Papa Francisco intentaba ya en su encíclica de 2015 reinterpretar esta cita para quitarle hierro al mandato divino de dominación sobre la creación, lo cierto es que esta es una visión que escapa a lo estrictamente religioso. El afán de dominación es transversal y sistémico. Vivimos en el marco de un sistema económico, el capitalismo, que considera la naturaleza como una enorme despensa de alimentos y almacén de materias primas, como un solar a ocupar y un vertedero a rellenar. El nudo gordiano de la crisis ambiental es nuestra autopercepción como sujetos separados del mundo natural, que el capitalismo se encarga de reforzar, desvinculándonos de lo vivo en lo tangible y también en su dimensión espiritual. No es nosotros y la naturaleza. Es nosotros, la naturaleza. Bergoglio parece entenderlo, e incide en la conexión con el mundo vivo, en la interdependencia y los lazos que nos unen a nuestra “familia universal”, pero las herramientas de las que dispone son limitadas. Intenta modular el mensaje bíblico con las enseñanzas de Jesús, quien según él “podía invitar a otros a estar atentos a la belleza que hay en el mundo porque él mismo estaba en contacto permanente con la naturaleza y le prestaba una atención llena de cariño y asombro”.

Estos días ha sido también noticia que la Reina Letizia ha hablado de decrecimiento en un foro público. Si bien es una noticia que cabe celebrar —más por lo simbólico que por lo estructural—, nos deberíamos preguntar si regocijarnos en estas victorias dialécticas no nos conducirá acaso a una cierta autoindulgencia. Lo importante no es que dos figuras tan anacrónicas y a la vez tan relevantes como el Papa de la Iglesia Católica y la Reina de España traten estos temas. Lo realmente crucial es que estas menciones y discursos se transmuten en acciones y cambios de conciencia. Que formen parte de algo más que una verbalización individual, por importante que sea. Con el fin de que, como desea Jorge Mario Bergoglio, terminemos “con la idea de un ser humano autónomo, todopoderoso, ilimitado, y nos repensamos a nosotros mismos para entendernos de una manera más humilde y más rica”.

Andreu Escrivà es ambientólogo, doctor en Biodiversidad y escritor. Su último libro es Contra la sostenibilidad: por qué el desarrollo sostenible no salvará el mundo (y qué hacer al respecto) (Arpa/Sembra).

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