Muere el gran maestro Arnold Taraborrelli | Cultura

Arnold Taraborrelli (Filadelfia 1931), fallecido este mediodía en Madrid, no era especialmente conocido ni popular para el gran público. Algo que ya se ocupó él de que así fuera a base de huir de todo aquello que le proporcionara fama; incluso le gustaba ocultar el famoseo de sus alumnos. Ahora bien, si hay alguien mayor de treinta o cuarenta años en el oficio de la interpretación, la danza e incluso la canción que no sepa quién es, que se lo haga ver. Porque son cientos los actores y cantantes que han pasado por sus manos, por sus clases, por su taller… Pero no sólo a dar algún curso: muchos son los que no abandonaron nunca sus enseñanzas y volvían una y otra vez a él, hasta el punto de que existen alumnos que han recibido sus clases más de una y dos décadas.

Lo que él hacía era completar la formación de actores y cantantes de una manera que casi nadie aborda. El tan manido término de “expresión corporal” que se incorporó al mundo de la enseñanza en los años sesenta y setenta del pasado siglo era una calificativo que Taraborrelli no odiaba, porque se ha ido de este mundo sin saber que es odiar, pero lo cierto es que no le gustaba nada utilizar ese calificativo y menos aún para referirse o que se refirieran a su trabajo. Lo de Arnold era otra cosa, era enseñar a profesionales que no podían prescindir de su cuerpo para contar algo, a saber utilizarlo y, sobre todo, a que los sentimientos, los que fueran, no solo pudieran ser expresados verbalmente o a través de los ojos o el rostro. Él mostraba el camino para que los andares, los brazos, el cuerpo… también supieran dejar ver el dolor, la alegría, la rabia…

Nacido en Estados Unidos, su infancia la pasó en Italia sin salir de Filadelfia. En su casa, en su familia, se hacía vino, se comía pasta a diario, sin olvidar los raviolis los jueves, y sus padres se negaron a que estudiara danza, cosa que pidió a los 11 años, porque aquello “no era de chicos”. Hasta que le vieron bailar y triunfar con una amiga en una actuación casi de barrio. Logró un beca para Estudiar Bellas Artes, ingresó en la Universidad y se traslado a Nueva York donde estudió danza con José Limón y Lensky, entre otros. Entre 1954-1964 estuvo con el Ballet de San Juan de Puerto Rico como bailarín y coreógrafo, país en el que conocería a Lola Flores, que terminó atrayéndole hacia España tras pasar una temporada trabajando en Londres.

En Madrid empezó a trabajar en el famoso estudio de Karen Taft en la calle Libertad y poco a poco empezó a destacar como coreógrafo, preparador de actores, escenógrafo y cartelista. Pero quizá lo más determinante en su carrera fue su fructífero encuentro con los actores, aunque destacaron más como directores, William Layton y Miguel Narros. Junto a ellos se convirtió en el más destacado profesor de Movimiento y lo hizo a través de varios proyectos puestos en marcha por ellos como el Teatro Estudio de Madrid, el TEM y el TEC, que tanto prestigio adquirieron en el tardofranquismo y posteriormente en el aun reconocido Laboratorio William Layton.

Destacaron aquellos años sus habituales trabajos con José Carlos Plaza, que surgieron durante muchos años, aunque también voló solo con esas clases que decía que le daban la vida. Atrás también están varias colaboraciones con directores como el inolvidable José Luis Alonso, Fernando Fernán Gómez, Francisco Nieva y tantos otros. Fue de gran importancia su trabajo en montajes que hicieron historia como Tío Vania, Retrato de dama con perrito, Así que pasen cinco años, Woyzeck, Carmen, Carmen y El sueño de una noche de verano, entre otras muchas. Entre sus alumnos pueden citarse los nombres de Nacho Duato, Carmen Maura, Miguel Ríos, Miguel Bosé, Luz Casal, José Pedro Carrión, Elio Pedregal, Carmen Machi, Eloy Azorín, Alberto Amarilla, o de sagas familiares de actores como Ana Belén y su hija Marina San José, o María Pastor, así como su madre y abuela que también fueron discípulas suyas. Muchos de ellos han pasado estos días atrás por la Fundación Jiménez Díaz de Madrid, donde ha fallecido

A ellos entregó toda una vida, incluso la última década en la que eran continuas sus diálisis, pero lo más asombroso de Taraborrelli, al que su discípulo José Pedro Carrión definía “como una obra de arte andante”, es que toda la profesión y cualquiera que le conociera hablaba maravillas de carácter, su brillante enseñanza y su bonhomía

Tal y como quiso Taraborrelli no habrá ni velatorio, ni entierro (su cuerpo ha sido donado a la ciencia) y pidió que no se le hiciera homenaje alguno. En 2012 ya se le hizo una suerte de homenaje en el Centro Dramático Nacional y en su presencia, donde intervinieron Ernesto Caballero, Antonio Onetti, Eloy Azorín, Fermín Cabal, Carlos Hipólito, Carmen Machi y Begoña Valle, todos ellos profundos admiradores de este hombre al que se le hizo el certero documental Dos palmas, título puesto en alusión al gesto sonoro del que siempre se valía en sus clases. Su conocido sobrino carnal, Jay Randy Taraborrelli (biógrafo de famosos como Michael Jackson, Madonna, Marilyn Monroe o Frank Sinatra) debería abordar la biografía de este hombre excepcional.

Toda la cultura que va contigo te espera aquí.

Suscríbete

Babelia

Las novedades literarias analizadas por los mejores críticos en nuestro boletín semanal

RECÍBELO