lunes, mayo 27

Triste belleza | Cultura | EL PAÍS

Honda la decepción que ha producido la corrida de Jandilla, de la que se esperaba tanto y no ha dicho prácticamente nada. Toros bien presentados, de bonitas hechuras, pero con la tristeza en las entrañas y poca sangre brava en las venas. Toda la galanura que mostraban al salir de chiqueros se tornaba pronto en esa fealdad que produce la mansedumbre en los caballos o la falta de vida ante los engaños. Pocas imágenes tan poco edificantes como la de un toro cabeceando al peto en un intento extremo por quitarse la vara del lomo y huir hacia la añorada dehesa. Y qué desencanto ese toro que llega a la muleta como alma en pena, que pasa pero no embiste, sin codicia, sin humillación y sin entrega.

Una corrida, en fin, para el olvido de la que tanto se decía y que tan poco ha dicho ella cuando tuvo la oportunidad de hacerlo.

Y lo que son las cosas: hubo un toro que sí, que se salió de la linde y quiso restituir el prestigio de su familia. Fue el tercero, que acudió como una bala al peto desde los medios, metió la cara, desequilibró al caballo, y a duras penas pudo mantenerse arriba el picador Manuel J. Ruiz Román, que fue auxiliado por Manzanares para recuperar la verticalidad cuando a punto estaba de caer de cabeza al albero. Se lo pensó el toro dos veces antes de volver al segundo encuentro, pero lo hizo con alegría, con la misma que acudió al cite de los banderilleros.

Brindó Tomas Rufo a la concurrencia, y el ambiente se contagió de esa sensación palpable de que se avistaba algo grande. Tanto es así que el joven torero clavó las rodillas en los medios y citó a Zacateca, así se llamaba el toro, al que muleteó con la mano derecha y cerró la tanda de hinojos con un emocionante pase de pecho justo en el momento en que comenzaba a sonar la música. Lo dicho, la antesala de una faena grande.

Pero héte aquí que aunque Rufo contaba con todos los ingredientes, un toro encastado, un público entregado y una banda animosa, pues no era su día. No le acompañó la inspiración necesaria, y a pesar de su buena disposición, de su entrega y decisión, no acabó de entenderse con el animal, que repetía con casta, brío y un punto de agresividad. Lo intentó Rufo, especialmente por el lado derecho, y en su labor se combinaron algunos muletazos largos, incluso dos templados naturales, pero toro y torero no se cayeron bien y no hubo esa conexión necesaria para el triunfo. ¿Por qué? Misterios del toreo. Se mantuvo la expectación hasta el final, pero fue bajando la tensión, y la ilusión se desinfló hasta el pinchazo final.

José María Manzanares muletea con la mano derecha al toro que abrió plaza.
José María Manzanares muletea con la mano derecha al toro que abrió plaza.José Manuel Vidal Efe

El resto del festejo no tuvo historia. Bueno, habría que preguntarle a Manzanares por qué se dejó ir el primero de la tarde, manso como sus hermanos, pero nobilísimo en el tercio final, que fue y vino sin alegría pero con continuidad. Mientras tanto, el torero ofreció una imagen de preocupante conformismo, de una abulia inexplicable, como si no tuviera interés alguno. Vamos, que Manzanares estuvo sin estar en él.

Y ahora sí que se acabó. Ni el cuarto, ni los dos de Talavante ni el primero de Rufo dieron opciones, parados, sosos, sin raza y sin vida.

Jandilla / Manzanares, Talavante, Rufo

Toros de Jandilla -el cuarto, de Vegahermosa– bien presentados y de bonitas hechuras, mansurrones, sosos y descastados; bravo y encastado el tercero.

José María Manzanares: estocada (ovación); dos pinchazos y estocada contraria (silencio).

Alejandro Talavante: estocada (silencio); estocada trasera (silencio).

Tomás Rufo: pinchazo y estocada caída (ovación); estocada caída (ovación).

Plaza de La Maestranza. 17 de abril. Undécima corrida de abono de la Feria de Abril. Lleno de «No hay billetes».

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